Columna de opinión: mes de prevención de suicidio

por | Sep 14, 2026 | Noticias

Cuando pensamos en suicidio, probablemente lo primero que aparece son las cifras, las tasas, las muertes. Y son importantes. Pero mientras pensaba en esta reflexión me preguntaba qué es lo que las cifras no alcanzan a mostrar. Detrás de cada persona que muere por suicidio existen muchas otras que lo han pensado o intentado, han llegado a una urgencia, han necesitado compañía durante una noche o han sido contenidas por alguien cercano. Muchas también llegan a nuestros espacios de atención expresando, de distintas maneras, que ya no pueden más.

Hoy vemos una demanda creciente asociada al sufrimiento emocional y a los problemas de salud mental. Personas que llegan a urgencias, que buscan ayuda en distintos dispositivos, que atraviesan crisis o que intentan sostenerse con los recursos que tienen disponibles. Pero incluso esa demanda visible representa solo una parte de la realidad. Detrás de cada consulta hay una historia, un momento de quiebre y una persona intentando atravesar un sufrimiento que, en algún punto, se volvió difícil de sostener. Y también existen quienes viven ese dolor en silencio o no alcanzan a pedir ayuda.

Es justamente en ese espacio, entre el sufrimiento y la posibilidad de pedir ayuda, donde el trabajo en salud mental adquiere una dimensión profundamente humana. Desde mi experiencia como psicóloga, muchas veces me corresponde acompañar a personas que atraviesan momentos de profundo sufrimiento, escuchar historias difíciles, recibir la desesperanza, contener una crisis y ayudar a poner en palabras aquello que, en ocasiones, la propia persona ni siquiera logra expresar. Por eso, nuestro trabajo no consiste solamente en evaluar riesgos. Muchas veces acompañamos procesos largos, en los que vemos avances y retrocesos, recaídas, nuevas crisis, momentos de desesperanza y también pequeños intentos por volver a sostenerse.

La experiencia me ha enseñado que hay algo profundamente humano en poder acercarnos al dolor del otro sin juzgarlo, sin apresurarnos a corregirlo y sin exigirle que se recupere al ritmo que nosotros esperamos. A veces podemos ayudar a comprender qué le está ocurriendo; otras veces, acompañar en silencio, contener, poner límites, activar redes o ayudar a encontrar una alternativa cuando la persona siente que ya no existen opciones.

Acompañar a una persona en riesgo suicida no significa tener todas las respuestas ni poder resolver su dolor. A veces significa simplemente sostener cuando siente que ya no puede sostenerse por sí misma: escuchar, estar presentes, respetar su dolor y permanecer cerca.

Amanda Vera Pérez, Psicóloga. PAI Mujeres. CCC-UACh

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